—¿Vamos a nadar? —le pregunté.
—¿Qué? —dijo revoleando los ojos para todos lados. —Vamos a nadar, a la pileta, al agua.
Estábamos sentados en el borde de la pileta, metiendo los pies, mojándonos los dedos —por cierto, sus dedos fueron los dedos más lindos que vi. Tuvimos una charla antes, tomamos unos mates y jodimos como joden todos. Y ella me dijo entre chistes y chistes.
—¡Mirá si nos ahogamos! Acá no hay guardavidas. —y sonrió tímidamente.
Su picardía me contagió su risa y sonreí, con una mirada picara. Mis ojos brillaban y le dije así, sin más:
—¿Serías capaz de ahogarte conmigo?
—Sí —me dijo entre risas.
— Ok, vamos al agua, ahoguémonos. —respondí haciéndome el valiente.
—Yo te lo decía en joda, ¿en serio me lo decís? —preguntó ella sorprendida.
—Si, en serio. Vamos, dale. —y la tomé de la mano.
Me levanté y la ayudé a levantarse, así se ponía de pie junto a mí y saltábamos los dos al mismo tiempo. Sentí un frío en esos segundos en que la sostuve para que se levante… no sé, esos cinco o seis segundos fueron eternos, hermosos.
—¿Viste que fría tengo la mano? —dijo ella.
—Sí, al igual que yo —le dije acariciando sus dedos.
Es muy hermosa y no me canso de mirarla —tampoco puedo evitarlo— mientras se sube la pollera, una manía que me hace amarla más. Siempre se arregla, tan femenina, tan pulcra, es un ángel, luce hermosa, pero siempre se arregla. Si no se acomoda la pollera, es el pantalón, la remera, el corpiño, siempre tiene algo que acomodarse. Y ese ritual me hacía contemplarla con el corazón y constantemente me decía:
—¿Qué tengo?
—Nada —respondía hechizado.
—Me pones nerviosa cuando me miras así.
Miraba para otro lado y al segundo la volvía a mirar.
—¿Por qué siempre te acomodas la ropa? —no pude con mi genio y le pregunté.
—¡Que se yo! Como vos me miras, bueno, yo me acomodo la ropa. —dijo mientras terminaba de acomodarse el flequillo.
—Bueno —fue todo lo que le dije y comenzamos a reírnos. Es que tenia cada reacción, cada respuesta, tan inteligente…¡única!
Y ya a punto de saltar a la pileta, a punto de tirarnos, gritó:
—¡Pará! Me freno justo.
Indignado le pregunté:
—¿Qué pasa?
—Nada ¿En serio te querés ahogar? —preguntó con su voz de nena, tan dulce, que me hizo retrucarle:
— ¿Vos creés en el amor eterno?
Su respuesta, ya la sabía y era obvia:
—No.
Y ahí saltamos a la pileta.
Creo que ella me entendió, entendió que ahora nadie sería capaz de romper nuestro amor. Ahora el amor pasaría a ser eterno, ahora estaríamos unidos en la eternidad. Mientras sentía como el agua inflaba mis pulmones, mientras apretaba fuerte su mano, mientras se iba oscureciendo todo, mientras ella me besaba, así nos fuimos.
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