
Ahora entiendo por qué dicen que soy una pendeja de mierda. Me entiendo. Estaba desesperada, llena de euforia, miedos y una extraña sensación de vacío. Me entiendo porque sé que cualquiera en mi lugar hubiera desesperado pero admito que no hay manera de justificar que haya dejado marcas en mi brazo derecho por el odio que sentía. Que haya agarrado esos vidrios y haya determinado en lineas (ocho en total) el rencor insasiable que me tuve y me tendré de por vida. No me perdono haber sentido cobardía y haber llorado como una nena cuando le sacan su muñeca preferida. Comencé a rasgarme tan fuerte la piel con uno de los vidrios que sin darme cuenta ya la piel había dado lugar a una superficie roja. Él me decía que dejase de lastimarme, pero me ardía, me daba y me quitaba todo el dolor que nada ni nadie se dispuso escuchar, del dolor que todos se reían, ese miedo que nadie quizo entender, del que todos se alejaron. Es claro, siempre es más fácil darle la espalda al problema y buscar excusas para taparlo hasta que supuestamente desparesca. El problema está en que hay huecos que nunca se llenan. Esos filos que ahora mi mano apretaba como si fueran lo poco que me quedaba de vida, transparentes, gruesos, me ardían en el alma. En el fondo, sabía que ese mismo dolor me hacía entender que seguía viva, que ahí estaba, que no me había ido bajo ningun punto de vista. Sentía que me quitaban toda la culpa que me cargaba, todos los problemas y ese aire que todos me robaban volvía a mí agitado y necesitado. Me abrí en ocho pedacitos y deje que aquello que me tenía mal, se evaporara en mi sangre, que se fuera como cuando el viento decide hacer lo que le place con las hojas de los arboles caidos. Me dolía pero mis lágrimas no eran más que una muestra de que el dolor no era por los cortes sino por todo el odio que acarreaba yo. Ese odio que me desgarraba por dentro y ahora también por fuera. Él comenzó a decirme palabras hirientes con un poco de desesperación cuando vio que mi brazo estaba lastimado, como mi alma, mi corazón y mis sueños de tonta ilusa. Vi su cara y sus ojos me pedían que no volviese a intentar una locura como aquella. Avergonzada de mis actitudes egoistas, de mi perverso dolor, de mi agonía disfrutada, me quedé aguantando el llanto y reprimiendo las ganas de salir corriendo por la puerta, mirando el suelo como cuando te portás mal en el jardín y te mandan a reflexionar. Nadie me había pedido que lo hiciese, a nadie le importaba si lo hacía o no pero algo dentro de mí me dijo que si no entraba en razón, iba a perderme en el mundo de nunca jamás.
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